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martes, 25 de octubre de 2011

Rectitud o rigidez, justicia y prudencia

  En algunas ocasiones, los asuntos complicados de manejar, se nos acumulan y crecen, como si les echasen levadura. Hoy he tenido que lidiar con uno de esos asuntos. He pasado los último días pensando si lo resolvía hoy o lo posponía para más adelante. Valoraba la posibilidad de aportar una documentación, relativamente valiosa, al juicio en el cual dirimía un impago con el que me obsequiaba la madre de una ex amiga de toda la vida.
Aquí, reflexiones a priori, salen mil. Que a los amigos no hay que mezclarlos con el dinero. Que los asuntos profesionales hay que tratarlos despojados de consideraciones sentimentales. Que la familia es lo primero (y empezamos a contar por la nuestra).Mil, vaya.

Mi posición de partida era bastante clara: trabajé dirimiendo un asunto para esta señora durante dos años. Por el hecho de tratarse de la madre de una muy buena amiga, mi implicación personal superó con mucho lo exigible de un profesional al uso. Finalmente, pude además obtener para ella lo que me encargó que le consiguiera. Cuando le puse sobre la mesa los honorarios que, con carácter de mínimos, señalaba el Colegio de Abogados de nuestra ciudad, se negó en redondo a pagar nada. Nada. No es que le pareciese mucho y quisiera negociar a la baja, no. Es que no quería pagar nada.

En la medida en que me parecía un atropello y que mi relación con su hija era muy estrecha, de una amistad muy antigua y muy valiosa para mi, decidí acudir a ella, a su hija, para que recondujese la situación que, injustamente, me planteaba su madre. La respuesta que obtuve fue "haz lo que tengas que hacer". Colgando el teléfono y con esa frase, puso fin a más de veinte años de amistad, como el que lava... A día de hoy, todavía no lo comprendo.
Hoy hemos tenido el juicio en el cual yo reclamaba mis honorarios y la madre de mi amiga, era demandada. Mi amiga venía como testigo. Y aquí viene lo bueno. Es evidente que, como hija, ella tenía un interés obvio en que su madre resultase ganadora del litigio ( y digo obvio por que es evidente que ningún interés tenía por hacer las cosas bien, por comportarse de forma leal y por corregir, hasta donde pudiese, una postura equivocada de su madre). Y ha mentido. Y resulta que yo puedo acreditar que ha mentido, aunque ella no lo sabe. Esos documentos a los que hacía referencia anteriormente, son una serie de correos que conservo guardados desde hace tiempo, impresos. En ellos, mi ex amiga (qué término tan ridículo), reconoce que efectivamente su madre me contrató a instancias suyas, que ella es la interlocutora con la que yo debo entenderme (ya que su madre no estaba bien de salud, concretamente de salud mental y ella además de su hija es médico de profesión), que el encargo consistía en obtener cosas concretas para su madre a las que de ninguna manera quería renunciar. En el juicio ha negado todo esto. Todo esto que puedo acreditar documentalmente. Por razones que no hacen al caso, no he podido aportar hoy mismo estos documentos, pero el caso es que existen y si los saco a la luz, las consecuencias pueden ser graves para ella.

Hago un inciso aquí para explicar qué es la figura del falso testimonio. Este es un delito que consiste en faltar a la verdad, es decir, mentir, si esto se hace dentro de un proceso judicial. Para cometerlo es preciso que el culpable, el que miente, sea consciente de que lo está haciendo: la ley no busca castigar a quien se equivoca o a quien interpreta a su favor la realidad con más o menos flexibilidad. Lo que se persigue es castigar a quien, a conciencia, decide mentir en un juicio con la intención de perjudicar a una de las partes implicadas en ese mismo juicio. Este es claramente el caso.

El problema en este tipo de casos suele ser cómo demostrar que el testigo miente. En múltiples ocasiones, el castigo de este delito no llega a darse por que no se puede demostrar con fehaciencia que el implicado mintió. Se sabe, el convencimiento puede existir, pero, hablando de delitos, lo que no puede demostrarse sin género de dudas, no existe.

Surge ahora un dilema no sé si decir moral. Es comprensible, es humano entender la posición de la hija que defiende la postura de su madre (por más que yo no comparto en absoluto el axioma de que hay personas a las que se debe fe ciega y apoyo permanente a toda costa; lo que está mal, está mal, independientemente de quién lo haga), pero, ¿justifica eso que se pueda perjudicar a un ciudadano (dejemos de personalizar, sea quien sea el ciudadano) que tiene derecho a que le hagan justicia y le reconozcan lo que legalmente le corresponde, mintiendo abiertamente, con comportamientos ilegales?

El dilema está en mi mano. Los documentos que conservo la convierten en autora de un delito de falso testimonio. Emplearlos, supone reforzar mi posición en el juicio (en donde han llegado, madre e hija, a negar incluso que me hubieran contratado), posiblemente suponga la estimación al completo de mi reclamación, que dicho sea de paso, es de una cuantía importante; pero al tiempo, eso supone que la procesen a ella, a la ex amiga, como responsable de un delito de falso testimonio.

El dinero nunca ha sido un objetivo relevante para mi. He llegado a extremos casi absurdos por despreocupación. Recuerdo un caso concreto, donde un cliente me extendió un cheque por una cantidad tal que me permitió comprarme un buen coche, pagarme un master en una institución de mucho prestigio, pasarme un año sin trabajar haciendo el master, y viajando a Inglaterra todos los fines de semana durante cuatro meses por razones familiares. Lo que viene siendo un pastón. Bien. Ese cheque estuvo apoyado en un taquillón de mi salón durante más de un mes. Para desesperación de mi entorno que no comprendía por qué no lo cobraba de inmediato. Nunca he sentido delirio por la pasta.No soy asceta, casi soy el opuesto, pero no me pierdo por el dinero. Hecho este inciso, sigo. 

Sin embargo, sí es cierto que desde que era muy, muy niña, he sentido auténtica cólera ante cualquier comportamiento abusivo e injusto. Me revelaba contra quien fuese desde que llevaba coletas. Las consecuencias a veces eran cómicas (era de risa ver a una enana con los brazos en jarra poniendo en solfa la autoridad más cercana) y otras trágicas (cobraba y no en vil metal...). La cosa se mantiene hasta hoy. No busco dinero, pero sí me gustaría que la realidad de lo ocurrido se ponga sobre la mesa. Que yo trabajé para ellas con tesón, con cariño, con interés personal por ayudarlas, con rigor y finalmente, con éxito. Ahora bien, el coste de esa salida a la superficie de la verdad, pueden ser graves. Libre consecuencia de un acto a su vez libre: que no hubiese mentido y no habría consecuencias, pero ¿merece la pena?

La cuestión se adoba con el recuerdo de su testimonio. Se encontraba tan violenta mintiendo abiertamente delante de mi, que por momentos parecía que iba a llorar de rabia, empleaba un tono de voz teatral, impropio, muy impropio de ella, remarcando artificialmente cada frase...afloraban en mi los famosos sentimientos contradictorios. Por un lado me daba lástima verla así, pasándolo mal; por otro, entendía que es una adulta, libre de comportarse como mejor le parezca tras evaluar sus posibilidades. Y libremente ha decidido mentir, caray!

Sólo cuestiones de logística han impedido que en el propio acto del juicio esos documentos salgan a la luz. De hecho, pensé en aplazar el juicio hasta tener los documentos físicamente en mi poder, y finalmente, opté por poner algo de paz en mi cabeza y cerrar cuanto antes este capítulo desagradable y doloroso. Sin embargo, mi oportunidad sigue ahí, como siguen ahí los documentos que acreditan que ha mentido.
Hay que perdonar a quien una vez se quiso mucho, a cualquier coste? La caridad bien entendida, empieza por uno mismo? Es la justicia el valor que debe primar en todo esto? Lo es la generosidad o la prudencia?  Hay conflictos que merece la pena cerrar aunque ello suponga perder algo que consideramos valioso en el camino o debemos mantener nuestra verdad a toda costa?

Como colofón a todo esto, una comida familiar en un lugar delicioso, Vuelve Carolina, donde hemos tenido ocasión de conocer a un magnífico chef , Quique Dacosta, de dos estrellitas Michelín, que se ha prestado entre otras cosas a hacerse una foto con nosotros. Me dio qué pensar: a la comida solo estaba convocada mi madre, y han acabado por venir dos personillas más. Una sorpresa deliciosa. Lo hemos pasado bien. Al pagar la cuenta (yo invitaba) me preguntaba, para qué sirve el dinero si no es para disfrutarlo en compañía de la gente que quieres (guardo poco, la verdad…) y aún más, ¿disfrutaría de estas pequeñas cosas sabiendo que le he causado tanto daño a mi amiga, o a otra persona en general? Que sí, que se ha puesto la soga al cuello solita, pero…Por naïf que parezca, me quita el sueño.


Ahí queda la cosa, al menos por hoy. Veremos cómo termina esto. En mi próxima reencarnación me pido tener los escrúpulos extirpados de serie.

1 comentario:

  1. ¡Ay qué curiosidad! ¿cómo ha quedado esto?

    Yo creo que no lo hubiera presentado, pero sí se lo hubiera enseñado a ella y la hubiera forzado a negociar...sobre todo un "lo siento"

    ¿Contarás el resultado?

    Besos

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